Contextualicemos la historia

Contextualicemos la historia…

Hace días fueron las elecciones generales, segundas elecciones nacionales. Y el resultado, al margen de las decisiones finales, puede resumirse en cierta radicalización o polarización.

De estas polarizaciones y por el contexto actual que vivimos, creo, surge una necesidad cada vez más relevante. Y su justificación viene de la mano del análisis del contexto actual social y político.

Es más que palpable el descontento generalizado, por lo que existe una necesidad de cambio y una alta motivación por verlos reflejados y con premura. Valores invertidos. Una cultura basada en la inmediatez, la imagen, la cantidad frente a la calidad y la crítica destructiva (con todo lo que implica).

Los programas televisivos de mayor audiencia y en las redes sociales, la preocupación por mantener cuentas activas de éxito y contenido mordaz, eso sí, desde el anonimato, hablan por sí solos.

El hecho de que podamos mantener el anonimato detrás de nuestros contenidos publicados deriva en una menor medida tanto en la forma como en el contenido. Deriva en un formato más impactante, más sensacionalista y más potente, al final. Pero a su vez, deriva también en un consumo menos reflexivo y analítico. Y esto, es susceptible de convertirse en una herramienta muy potente y vulnerable.

Accedemos a mucha información, vivimos deprisa. Reaccionamos en cadena. Mantenemos posturas cada vez más polarizadas, a menudo reproduciendo mensajes cortos e impactantes o directamente reenviando dichos mensajes. Y el ejercicio sociopolítico requiere de la educación para generar individuos más activos y reflexivos.

Y es precisamente por esto que hablo de política en un post de educación.

Porque creo fundamental darle un giro a la manera de enseñar historia. Por la importancia de enseñar contenidos cíclicos desde la emoción, desde la reflexión y el análisis. Desde el mañana y no únicamente desde el ayer. Nos enseñan historia en términos tan pasados, tan poco pragmáticos que, de alguna manera, nos distancia absolutamente de cuanto estudiamos, mientras nos repiten sin parar un término que ya casi ha perdido el significado: la memoria histórica. Y es que es importante mantener presente la memoria histórica pero no desde los datos asépticos. Es necesario hacerlo desde una posición mucho más activa y emocional del alumnado. Es necesario hacerlo rescatando un valor de responsabilidad social y el valor de la empatía. Es necesario hacerlo acercando y construyendo, no distanciando y destruyendo.

En cualquier caso, de ninguna manera pasa por memorizar pasivamente los contenidos con el fin último de vomitarlos en un examen. Y es importantísimo ajustar la manera de enseñar los contenidos a la edad del alumnado y sus características. Importante y crucial es también trabajar la empatía, el pensamiento activo, la reflexión…

La historia es cíclica y lejos de utilizar esto a favor, parece que estuviéramos condenados a reproducirla una y otra vez en un formato pasivo-reactivo. Es crucial conocerla, analizarla y extraer las conclusiones oportunas. Aprender de ella y valorar los factores intervinientes en los acontecimientos históricos para ponerlos al servicio de nuestra responsabilidad como ciudadanos, como sociedad.

Mi definición de educación

¿Alguna vez te has preguntado lo que es la educación? Cómo la definirías.

Durante mi formación en este campo, he reflexionado mucho acerca de la educación (en su sentido más amplio) y mantenido una actitud muy crítica al respecto. En gran medida las actividades que nos eran propuestas, consistían precisamente en esto también. Lo cual siempre me resultó tan necesario como incongruente para con la práctica global educativa. Pero ya habrá tiempo de llegar a eso en otra publicación.

Ahora me gustaría compartir mi propia definición acerca de este campo.

No es novedad ya hablar del paradigma pedagógico en el que el alumno pasa de ser objeto a ser sujeto en el proceso educativo (P. Freire). Del mismo modo que los pilares fundamentales propuestos por Delors: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser, son la piedra angular de la educación del s.XXI.

Es en estos preceptos en los que baso mi definición acerca de la educación. A saber:

<< La educación consiste en el aporte de herramientas, a modo de conocimientos y contextos, que procuren una exploración cultural, de la moralidad, de las propias capacidades y aptitudes, en pro de la consecución de la felicidad y la evolución >>

Hablo de herramientas, conocimientos y contextos, para no caer en un adoctrinamiento o reproducciones. Para no caer en la consecución de una sociedad que reproduzca los preceptos desadaptativos de hoy y los lleve un paso más allá. Ofrecer un lugar de encuentro en el que puedan trabajarse diferentes contenidos de forma crítica y analítica, fomentando valores y en los que puedan explorar sus dificultades, sus comodidades, sus sensaciones, las reglas. Y es que, el ser humano es un ser inacabado en continuo proceso de crecimiento. No podemos dar contenidos únicamente, sino herramientas y potencialidades para su desarrollo en esas cuatro dimensiones.

En cualquier caso, el objetivo último, aunque hoy resulte utópico, ha de ser la conformación de una sociedad sana a través de valores prosociales (no me cansaré de decirlo) y la búsqueda de la felicidad. No desde el hedonismo, sino ofreciendo las sensaciones placenteras propias, aquellas relacionadas con las recompensas intrínsecas, de la autorrealización, de la consecución de objetivos, de la propia cooperación, la creatividad y un largo número de aptitudes.

Una sociedad rica y sana, a mi entender, pasa por la felicidad individual y en comunión con la sociedad. Pasa, por tanto, por mantener una coherencia de base. Hablo de mantener una base sociopolítica que no ofrezca dificultades de conciliación o un mercado laboral basado en la competitividad y/o hermético, mientras se quiere fomentar la cooperación, por ejemplo. Hablo de una base sociopolítica actualizada y abierta a una mayoría, basada en unos valores sólidos mantenidos, por supuesto, entre todos. Por ello mismo, le doy un peso importante a la moralidad, a esas costumbres y creencias (no necesariamente religiosas), esos valores y normas que asume todo individuo o grupo social y que funcionan como guía a la hora de la acción. Y es que, otra de las características del ser humano es su capacidad empática y su capacidad de decidir, su inteligencia y voluntad, así como su requerimiento de sentido ante las cosas.

Hablo de evolución, como ese cambio o transformación gradual de algo, como un estado, una circunstancia, una situación, unas ideas, etc. Hablo de enseñar a ser críticos de forma constructiva –no de la manera destructiva que acostumbramos hoy día-.

Hablo de evolución frente al estancamiento, pues la sociedad, la cultura, las políticas, etcétera, son entidades vivas, dinámicas. Sería un contrasentido enfocarlo de otra manera. Es un contrasentido el enfoque reproductivo o meramente reactivo.