Lo más importante es saber qué es lo importante

Hoy ha llegado a casa un robot aspirador que encargué hace un par de días. Como una es como es, lo he conseguido de segunda mano, por aquello del ahorro y de darle una segunda vida a las cosas, pero esto no viene al caso.

El robot en cuestión es compatible con los asistentes de voz, así que basta con darle la orden al asistente virtual para que el robot se ponga en marcha. Poner música, conocer el tráfico y un largo etcétera no requiere más que dar la orden de turno al asistente para que la ejecute de manera más o menos efectiva. ¡Qué chollo! ¡Menudo ahorro de tiempo y qué cómodo es!

Y, en cambio, sigo sin sacar tiempo para escribir mi libro o plantar árboles… ¿Qué ocurre?

El siglo XXI, cierto es que trae consigo innumerable cantidad de cambios sustanciales pero, sin duda, uno clave son las TICs (Tecnologías de la Información y Comunicación). Las TICs evolucionan a ritmo vertiginoso generando grandes ondas expansivas con cada nuevo artilugio, app o dispositivo. La nueva forma de comunicarnos o establecer nuestras redes sociales, el mundo de las ventas y/o consumo, la cantidad de información accesible, constante e inmediata…son algunas de las consecuencias derivadas.

Las TICs procuran soluciones a necesidades de nuestro día a día. Nos facilitan tiempo (robots de cocina, de limpieza, etc) y en cambio resulta casi imposible cerrar una fecha para verte con los amigxs y vamos con prisas a todos lados. Al mismo tiempo, nuestros niveles de estrés y ansiedad son cada vez mayores. Y la felicidad, ¿dónde se ha metido la felicidad? ¿Estará con perfección dando un paseo por las nubes?

En mi opinión son varios los factores sobre los que sería oportuno reflexionar:

  • Nivel de estímulos masivo. Estamos sometidos a una cantidad ingente de estímulos. Cada uno de los cuales merma nuestros niveles de atención en detrimento de nuestras prioridades y recursos dirigidos hacia lo que realmente es importante.
    No solo eso. Estamos sometidos/as a algunos de estos estímulos. Y cuando digo sometidos/as, me refiero a que mantenemos un grado importante de dependencia hacia los mismos, como por ejemplo el móvil, apps u otros.

    • Sistema de valores*. Hoy día el sistema de valores que mantenemos es un sistema claramente invertido al mantenido hace apenas un par de generaciones.
    • Sistema de recompensa. Está sobrerreforzado de manera casi constante a través de “likes” y/o “corazones” y a través de la inmediatez con la que nos alejamos de estímulos aversivos y/o con la que nos procuramos, por el contrario, estímulos positivos o deseados.
    • Nuestras prioridades. Basadas en nuestro nuevo sistema de valores y la sobreestimulación nos cuesta mantener nuestras prioridades estructuradas. Lo importante es saber qué es lo importante. Entendemos que todo es importante y nos movemos bajo un sistema cuantitativo para obtener refuerzo.
    • Las necesidades generadas por el consumismo. No lo queremos, lo necesitamos. Es más, parte de nuestra felicidad radica en tenerlo, aunque al mes acabe en un cajón o en venta en alguna app de artilugios de segunda mano. El sistema de consumo ya no se limita a ofertar, ahora genera necesidades que, a partir de un aluvión de mensajes o anuncios resulta prácticamente implacable.
    • Las expectativas de los demás. Ese mundo idílico que circula por redes sociales… ahora todos los aspectos de nuestra vida están sometidos a juicio público por lo que tenemos que estar a la altura de la vida perfecta Y es que las publicaciones de nuestros amigos virtuales o influencers han puesto el tope muy alto. Un cuerpo perfecto, una casa perfecta, una familia perfecta, la pareja de quien estoy enamorada como el primer día, un trabajo perfecto…
    • La vida es cara. Teniendo un sistema de recompensa tan reforzado de manera inmediata, un sistema de valores invertido que maneja, entre otros “tanto tengo, tanto valgo”, hacer determinadas publicaciones en los Alpes esquiando, Las Maldivas o de festivales… todo ello en un contexto económico, cuanto menos ajustado… puede manejar picos de estrés y ansiedad subyacente y/o inconsciente. La búsqueda de la perfección sale cara.
    • Las relaciones personales. Especialmente las relaciones de pareja. De nuevo hablamos de los sistemas de recompensa y los valores de las expectativas… y podemos ver una clara tendencia en oposición a lo que resultaba antaño. Mientras hace poco menos de un siglo se aguantaba todo, hoy día no se aguanta prácticamente nada y en seguida desechamos aquello no se ajusta. “Ya no estoy enamoradx”, “ya no me haces feliz”… No se trata de aguantar, se trata de mantener una actitud proactiva, abierta y conciliadora en la convivencia. Pero no tenemos tiempo y los bombardeos de mensajes y valores son otros muy distintos, por lo que se gestionan poco o nada las dificultades que surgen en pareja hoy día.

    Las TICs ofrecen soluciones a ciertos aspectos puntuales y lejos de demonizarlas, hay que utilizarlas a favor. Como herramientas.

    En cualquier caso, la felicidad hay que perseguirla con una actitud activa y requiere tiempo de calidad. Para ello, lo primero y lo más importante es saber qué es lo importante. Discriminar y mantener nuestro foco de atención bien dirigido, reflexionar sobre el sistema de valores que mantenemos, hacer un ejercicio de autocrítica y abrir espacios para lo que realmente importa y nos hace feliz. Tomar el control y tener en cuenta y valorar no únicamente la meta propuesta sino el camino para alcanzarla son algunas claves que bien pueden ayudarnos a simplificar este mundo y redirigir nuestros recursos en pro de la tan ansiada y buscada felicidad.

    Mereces ser feliz. Puedes ser feliz. Y si para ello es necesario un poco de ayuda para ordenar y aprender a gestionar, no olvides que estoy enÓrbita.

Mitos de la psicología II

Al psicólogo/a van los locos y las personas débiles que no son capaces de solucionar los problemas que podemos tener cualquiera…

Esta afirmación, aunque pueda parecer del cretácico, la he escuchado hace muy poquito y no por primera vez.

En nuestro día a día surgen problemas, conflictos, situaciones o contextos adversos… y la manera de gestionarlos, o no hacerlo, viene dada por aprendizaje y mecanismos de compensación, entre otros condicionantes. No siempre confrontamos, no siempre gestionamos, no siempre lo hacemos de la manera más óptima o positiva a medio-largo plazo… Responsabilizarse de una mejor gestión, no solo del problema, sino de las emociones y bienestar frente a los mismos, puede ser una labor ardua y compleja. Acudir a profesionales que pueden enseñarnos técnicas o bases para una mejor gestión, orientarnos y acompañarnos en ese proceso de aprendizaje, proporciona un nivel de madurez y fortaleza nada desdeñable.

A consulta no solo acuden personas sobrepasadas por las circunstancias, acuden también personas que quieren mejorar esos tiempos y eficacia de gestión. Personas que quieren, en definitiva, mejorar su calidad de vida.

Por locos, entiendo que se hace referencia a personas con una posible patología. Pacientes. Pacientes centrados y dirigidos a mejorar su situación y dispuestos a hacerse con el control de la situación. De nuevo, responsables.

Yo logré engañar al psicólogo al que iba en más de una ocasión…

El engaño en consulta. ¡Qué absurdo tan grande!

Diré más, no tiene ningún mérito.

Persona que acude a consulta, persona que tiene toda mi confianza, con la que pretendo hacer equipo y que me va a proporcionar la información con la que voy a trabajar. Jugar a trabajar con rebusques es, como decía, absurdo. De hecho, es una clausula tácita del compromiso terapéutico. Los motivos no son otros que asumir que el espacio de las sesiones es un espacio de, por y para el cliente/paciente. Del mismo modo, la confianza es la piedra angular del proceso. Sentir el espacio como propio y verbalizar todo sin tapujos, sin disfraces, sin miedo y sin engaños.

Poner a prueba al o a la psicoterapeuta, jugar al engaño solo alarga el proceso, hace que la relación se desvirtúe y nos sitúa en clara oposición. Si de entrada no vamos a ver al o a la psicoterapeuta como acompañante y parte del equipo, nuestro equipo, no tiene sentido acudir a consulta. Nunca vamos a beneficiarnos de los objetivos propuestos y vamos a procurar y procurarnos una pérdida de tiempo absoluta.

Un buen amigo o familiar es el mejor psicólogo, pues me conoce mejor que nadie…

Tener una red de apoyo es muy importante y positivo. De hecho, pueden protegernos de determinados problemas. No obstante, y aunque nos conozcan, nos quieran y deseen lo mejor para nosotros, a veces puede resultar insuficiente a medio o largo plazo, especialmente.

Los roles, la implicación emocional, los conocimientos más específicos de los procesos mentales y emocionales, la experiencia propia y la deseabilidad social, por ejemplo, son algunos de los aspectos que pueden interferir negativamente en la efectividad de la ayuda o consejo que puedan procurar.

No se trata de elegir. Se trata de sumar recursos -psicoterapeuta y persona de confianza- y beneficiarse y aprender de lo que cada uno me pueda aportar. Siempre que la psicoterapia sea recomendable y/o necesaria, claro.

Además, no olvidemos, que el objetivo último es aprender herramientas para una mayor autonomía en la gestión de adversidades presentes y/o futuras. Y esa enseñanza-aprendizaje no se encuentra en consejos puntuales, por sabios que sean, o respuestas asistenciales pues al final pudieran derivar en una dependencia.

Los psicólogos cobran por escuchar tus problemas…

Este mito está muy en consonancia con otro muy común: gran parte de los problemas se arreglan hablando de ellos…

Mucho me temo que nuestro trabajo no es escuchar los problemas de los pacientes mientras garabateamos un folio y esperamos que concluya la hora. ¡Nada más lejos de la realidad!

Del mismo modo que los problemas no quedan resueltos por el mero hecho de verbalizarlos, claro.

Escuchar activamente, tener en cuenta el lenguaje no verbal y el paralenguaje para poder acceder a esa parte del mensaje que no se termina de expresar, ajustar y adaptar técnicas y herramientas, hacer devoluciones de lo expuesto, empatizar, proponer espacios de reflexión, conexiones y posibles interpretaciones, confrontaciones, asociar ideas y un largo etcétera… En definitiva, atender multitud de estímulos de una manera muy activa para poder orientar, enseñar y acompañar es lo que hace un psicoterapeuta en cada sesión.

A partir de cierta edad las personas ya no cambian…

Si esto fuera cierto, no estaríamos aquí, en este espacio. La psicología no tendría sentido si asumiéramos que no hay posibilidades de cambio. La persona con fobias estaría condenada a sufrirlas siempre, los celos no se controlarían, las adicciones dominarían las vidas de quienes las sufren…

Cierto es que partimos con unas predisposiciones, con unos rasgos psicológicos. Aspectos básicos que nos predisponen en la vida a dar una serie de respuestas frente a otras y que nos diferencian unos de otros. (En los porcentajes de los componentes heredados y aprendidos hay debate). En cualquier caso, nuestros aprendizajes terminan de modelar y conformar nuestra manera de ser, procurándonos así, un margen de posibilidades y crecimiento. Lo que experimentamos y aprendemos puede interferir y/o reforzar esas tendencias o predisposiciones. Pueden procurar nuevas opciones y afianzarlas también. Nuestro cerebro está en constante cambio.

Y tal y como yo lo veo, es una excelente noticia. Aún tenemos margen para asumir el control, crecer y lograr nuestra mejor versión.

Hay más mitos en torno a esta profesión, me consta. Me he limitado a tratar algunos de los más habituales. No obstante, si hay algún mito que te gustaría que comente, adelante. O si simplemente te gustaría dar feedback a la entrada. Yo me quedo enÓrbita deseando leerte.

Mitos de la psicología I

Cuando me propuse escribir sobre la psicología en términos generales, automáticamente me surgió la necesidad de aclarar determinados mitos que aun hoy sobrevuelan a este campo. Y es que, esta misma mañana en una llamada de trabajo me he topado de bruces con comentarios como “no creo en los psicólogos o la psicología”, “fui a un psicólogo y no me ayudó”… Estos comentarios estaban dentro de un contexto que no viene al caso.

No creer en la psicología o los psicólogos…

Cuando vamos al médico, contamos nuestros síntomas y tras una batería de pruebas nos vamos con un diagnóstico y un tratamiento farmacológico. No nos cuestionamos si hemos de creer o no en todo ese proceso. Y en realidad podría resultar casi milagroso. Pero no nos lo cuestionamos porque es rápido, suele ser eficaz y porque somos profanos en la materia, además de pacientes durante el proceso. Me refiero a pacientes en todos los aspectos. Sufrimos la enfermedad de forma pasiva y nos curamos siguiendo unas pautas a pies juntillas sin demasiada implicación o esfuerzo.

La psicología, por su parte, es una ciencia de la salud. Que utiliza un método científico al igual que la medicina, aunque con más pormenores, es cierto. En cualquier caso, no se basa ni en leyendas ni en fábulas para elaborar diagnóstico, proponer un tratamiento, unas técnicas y/o unas actividades que favorecen la consecución de objetivos y un proceso de cambio en positivo. Pero, ese proceso conlleva una implicación activa, una inversión de recursos y tiempo. Implica salir de la zona de confort, esfuerzo. Y, dado que quien más quien menos da o recibe consejos, lee, opina y sabe … es más fácil generar resistencias frente a esa inversión.

Hablemos de resistencias, no de cuestiones de fe.

En cualquier caso, la psicología existe como ciencia. Y ya sea desde el método científico como base de estudio (cognitivo-conductual…) u otros métodos (como corrientes humanistas, etc) ofrecen una serie de conocimientos de los procesos psicológicos y emocionales, que sustentan muy eficazmente las propuestas de trabajo ante determinadas situaciones, problemas y/o patologías.

Fui a un psicólogo y no me ayudó…

Como en cualquier ámbito, existen profesionales más o menos cualificados. No me refiero a cuestiones formativas. Me refiero a otras cualidades necesarias para un mayor y mejor desempeño de funciones. Vocación, empatía, don de gentes, adaptabilidad y un largo etcétera.

En cualquier caso, hay que tener en cuenta que en el proceso terapéutico el cliente/paciente es parte muy activa del proceso. La apertura, la actitud y/o implicación, las resistencias y el manejo de estas, así como el momento/circunstancias suponen un porcentaje a tener en cuenta en la eficacia del proceso de acompañamiento.

Es por esa implicación activa por parte de quien acude a consulta y por la manera de entender una ayuda no asistencial que no soy partidaria del uso del término “ayuda” sino “acompañamiento”. Un acompañamiento y apoyo en pro de ofrecer cierta orientación y abrir espacios a la reflexión para que sea el propio sujeto quien concluya y sea dueño/a de las decisiones y avances.

Puede ser que sea por su parte, por la nuestra o porque, sencillamente, no se ha fraguado una adaptación ajustada desde la que se produzca el entendimiento y la comprensión en ambas direcciones. Pero el que no haya salido bien una vez o dos, no implica que no pueda funcionar con otro/a profesional.

¿Eres psicólogo/a? No me psicoanalices. No me leas la mente…

Entre los actos de fe y las lecturas de mente, debemos dar una imagen un tanto estrambótica y desvirtuada.

Sin duda alguna, esta es otra de las frases más recurrentes cuando en un contexto social conocen mi profesión.

No, no somos capaces de leer la mente de nadie. No adivinamos problemas o intenciones ocultas. Pero sobre todo, no trabajamos fuera de horas, al menos yo.

Lo que sí hacemos, en consulta, es analizar y establecer conexiones en torno a lo que se expresa de manera verbal y no verbal. “Leemos” gestos, no mentes. “Leemos” o nos intentamos aproximar a la posible letra pequeña de los mensajes cuando puede resultar relevante. Contrastamos esas posibles interpretaciones de las situaciones o los procesos y, una vez más, tenemos en cuenta las posibles resistencias que puedan estar manteniendo en la sombra algún tipo de emoción o proceso a la que no se permite el acceso y, por ende, no podemos gestionar.

Pero, analizar conlleva muchos recursos y un gran nivel de atención, por lo que si un/a psicólogo/a te pregunta qué tal el día, seguramente no tenga mayores intenciones que saber precisamente eso… Aunque hay ciertas deformaciones profesionales, no suele haber una intencionalidad detrás ni un especial interés por trabajar horas extra en los ratos de ocio. Puedes relajarte y disfrutar de la compañía sin más.