¿Alguna vez te has preguntado lo que es la educación? Cómo la definirías.
Durante mi formación en este campo, he reflexionado mucho acerca de la educación (en su sentido más amplio) y mantenido una actitud muy crítica al respecto. En gran medida las actividades que nos eran propuestas, consistían precisamente en esto también. Lo cual siempre me resultó tan necesario como incongruente para con la práctica global educativa. Pero ya habrá tiempo de llegar a eso en otra publicación.
Ahora me gustaría compartir mi propia definición acerca de este campo.
No es novedad ya hablar del paradigma pedagógico en el que el alumno pasa de ser objeto a ser sujeto en el proceso educativo (P. Freire). Del mismo modo que los pilares fundamentales propuestos por Delors: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser, son la piedra angular de la educación del s.XXI.
Es en estos preceptos en los que baso mi definición acerca de la educación. A saber:
<< La educación consiste en el aporte de herramientas, a modo de conocimientos y contextos, que procuren una exploración cultural, de la moralidad, de las propias capacidades y aptitudes, en pro de la consecución de la felicidad y la evolución >>
Hablo de herramientas, conocimientos y contextos, para no caer en un adoctrinamiento o reproducciones. Para no caer en la consecución de una sociedad que reproduzca los preceptos desadaptativos de hoy y los lleve un paso más allá. Ofrecer un lugar de encuentro en el que puedan trabajarse diferentes contenidos de forma crítica y analítica, fomentando valores y en los que puedan explorar sus dificultades, sus comodidades, sus sensaciones, las reglas. Y es que, el ser humano es un ser inacabado en continuo proceso de crecimiento. No podemos dar contenidos únicamente, sino herramientas y potencialidades para su desarrollo en esas cuatro dimensiones.
En cualquier caso, el objetivo último, aunque hoy resulte utópico, ha de ser la conformación de una sociedad sana a través de valores prosociales (no me cansaré de decirlo) y la búsqueda de la felicidad. No desde el hedonismo, sino ofreciendo las sensaciones placenteras propias, aquellas relacionadas con las recompensas intrínsecas, de la autorrealización, de la consecución de objetivos, de la propia cooperación, la creatividad y un largo número de aptitudes.
Una sociedad rica y sana, a mi entender, pasa por la felicidad individual y en comunión con la sociedad. Pasa, por tanto, por mantener una coherencia de base. Hablo de mantener una base sociopolítica que no ofrezca dificultades de conciliación o un mercado laboral basado en la competitividad y/o hermético, mientras se quiere fomentar la cooperación, por ejemplo. Hablo de una base sociopolítica actualizada y abierta a una mayoría, basada en unos valores sólidos mantenidos, por supuesto, entre todos. Por ello mismo, le doy un peso importante a la moralidad, a esas costumbres y creencias (no necesariamente religiosas), esos valores y normas que asume todo individuo o grupo social y que funcionan como guía a la hora de la acción. Y es que, otra de las características del ser humano es su capacidad empática y su capacidad de decidir, su inteligencia y voluntad, así como su requerimiento de sentido ante las cosas.
Hablo de evolución, como ese cambio o transformación gradual de algo, como un estado, una circunstancia, una situación, unas ideas, etc. Hablo de enseñar a ser críticos de forma constructiva –no de la manera destructiva que acostumbramos hoy día-.
Hablo de evolución frente al estancamiento, pues la sociedad, la cultura, las políticas, etcétera, son entidades vivas, dinámicas. Sería un contrasentido enfocarlo de otra manera. Es un contrasentido el enfoque reproductivo o meramente reactivo.
